Por: Jorge O. Veliz
Cuando te preguntes o cuestiones la implicancia del cosmos en tu vivir, busca una noche sin luna, lejos de las luminarias urbanas y encuentra la vía láctea; se dilatarán tus pupilas, te hará pensar, te hará sentir pequeño y privilegiado de ser su testigo; alguna emoción o pensamiento emergerá de ti, te conviertes entonces en expresión galáctica, eres parte.
Un viaje a las intimidades del zodíaco
Ensayo
Introducción
Comienzo con estas reflexiones cuando el sol pareciera posarse sobre la superficie marina en el Atlántico Sur, allá lejos, sobre el horizonte. En instantes solo quedará su manto naranja impregnando el cielo. El sol no espera, a una velocidad de 220 km por segundo, nos arrastra en su vertiginosidad hacia un nuevo día.
Desde hace mucho tiempo, guardo en mis archivos internos lo que hoy comienzo a plasmar sobre el papel: una idea loca, uraniana, atrevida.
¿Por qué hoy? Por la inducción de una noticia que llegó a mis manos; una publicación sobre investigadores japoneses que han analizado datos históricos sobre terremotos, advirtiendo que algunos de gran magnitud (como el de 2011 en Tohoku) ocurrieron en periodos de alta actividad solar o tras cambios bruscos en la velocidad del viento solar. Algunos científicos sugieren que estas corrientes podrían alterar la fricción en las fallas geológicas o comprimir el cuarzo (que es piezoeléctrico), con la consecuencia de liberar energía acumulada, "disparando" un sismo que ya estaba a punto de ocurrir. En otras palabras: esa energía no sería suficiente para provocar un terremoto, pero podría tener un efecto catalizador o ser la gota que rebasa el vaso.
Retomo entonces mis tantas curiosidades causales, convencido de que cada individuo en su manera de comunicarse e interactuar con el medio y sus semejantes, ha sido condicionado por causas multifactoriales. Por tal razón decidí un buen día, inscribirme en un curso de astrología, dictado por el psicólogo-astrólogo Rodrigo Llanes; me propuse indagar sobre el factor cósmico.
Desarrollo
Mientras avanzaba en el estudio y me sumergía en las profundidades del pensamiento complejo, los interrogantes se fueron sumando. Entre tantos tome conciencia que a diferencia de la mayoría de los saberes a los cuales es posible asignarles una paternidad —como, por ejemplo; Dimitri Mendeléyev, para la tabla periódica de los elementos; Isaac Newton, para la ley de la gravedad— en astrología, esa búsqueda es infructuosa, diría imposible. Tan imposible como asir una esfera conformada por pequeñas partes que sobrepasa la capacidad de nuestras manos para abarcarla y sostenerla, donde la particularidad de cada una de sus elementos y sus interrelaciones proceden de una paternidad desconocida y quizás de un tiempo previo a la historia del hombre.
En mi lógica cartesiana, como punto de partida, como hilo rojo que lleva a las certezas mensurables de este conocimiento empírico, fundo mis expectativas holísticas en la influencia que ejercen nuestros dos astros más cercanos: el sol y la luna. Lo hacen sobre la naturaleza, marcando el pulso biológico, actuando en las mareas y en el desarrollo de fenómenos climáticos.
¿En qué medida resuenan en el pulso vital los demás astros, los próximos y los más lejanos? Intento hallar indicios para considerar a la astrología como la interpretación humana de una realidad de arquitectura astrofísica.
Cuando comencé a transitar la senda de la Vía Láctea, me llamó la atención que todas las constelaciones que conforman el zodíaco lo hacen dentro de un espacio que representa el 30° de la bóveda celeste. Es como si el Sistema Solar estuviera contenido por un anillo de ese ancho.
En la representación visual de este sistema que abarca el macrocosmos y el microcosmos, cuyo centro es Sistema Solar, imagino una estructura analógica con la de un motor a inducción: el Macrocosmos representa el “Estator”, mientras que el Microcosmos es el “Rotor” y el delgado espacio entre ellos el “Entrehierro”.
Todo este sistema se encuentra en una notable compensación de fuerzas, en una estabilidad basada en el “respeto mutuo”, el cual determina que los astros no invadan sus respectivos espacios. La paz cósmica se ha logrado gracias a la estabilidad en la interacción de las masas que han “tejido” una red de fuerzas que, como una inmensa telaraña, sostiene en su arquitectura a los cuerpos celestes. Desde una perspectiva astronómica, esto se define como un sistema dinámicamente estable; no es solo un equilibrio, es una coreografía de fuerzas que evita el caos.
Si el universo fuera un reloj, la masa sería el peso de las piezas y la gravedad el muelle que las mantiene unidas. Es un equilibrio delicado, pero también increíblemente robusto gracias a un factor que aún no había considerado: la velocidad orbital.
El Motor Cósmico en perspectiva
Con el propósito de poner en valor las dimensiones del imaginado Motor Cósmico, comienzo con el “Rotor”, representado por el Sistema Solar y los planetas que por “fuerza” le pertenecen, preguntándome: ¿Hasta qué distancia la masa del sol ejerce una fuerza capaz de mantener el sistema solar en cohesión? La respuesta es que la influencia de nuestra estrella prevalece hasta la “Nube de Oort”, una distancia aproximada de 2 años luz (100.000 unidades astronómicas).
Al investigar las características del imaginado “Estator”, conformado por las estrellas de las constelaciones del zodíaco, el procesamiento de datos de masa arroja una cifra reveladora: la sumatoria de este conjunto equivale a 171 veces la masa solar. ¿A qué distancia se ubican con respecto al rotor? Como este “anillo” zodiacal no es regular, - ya que, por ejemplo, Pólux está a 34 años luz del Sistema Solar mientras que Antares está a 550 años luz - esto obliga a establecer una distancia promedio, la cual, estaría entre los 185 y 210 años luz. Este espacio sería el “Entre hierros” de la analogía.
Soy consciente de que, en un motor industrial, el entrehierro es milimétrico para maximizar la inducción. Aquí, la proporción es distinta: mientras que en un motor real el entrehierro es apenas el 0,5% del radio del rotor, en nuestro Motor Cósmico el espacio vacío es unas 92 veces más grande que el radio del rotor solar. Sin embargo, no estamos ante un motor de "fuerza bruta", sino ante un motor de “resonancia y precisión.”
Entonces, según lo explicado, desde el Sol tenemos tres distancias que determinan las magnitudes de las partes:
El ADN Energético y la Estructura Psíquica
Hago una breve pausa en esta analogía para referirme al momento del nacimiento de un niño y bajo qué mapa estelar se manifiesta al mundo; es decir, su carta natal, la cual equivale a su ADN energético. Si bien la gravedad directa de los astros sobre un bebé es físicamente ínfima, la influencia debe entenderse como una inducción de fase.
No es que la estrella "empuje" la materia, sino que el Sistema Solar, al ser un rotor inmerso en un estator asimétrico, está expuesto a una vibración de campo. La biología humana, evolucionada durante millones de años bajo esta geometría, ha quedado "imantada" por estas frecuencias.
Como sostiene la teoría de sistemas, el todo es más que la suma de sus partes. Las 171 masas curvan el tejido del universo y nosotros estamos inmersos en esa curvatura. El ADN energético no es más que nuestra estructura psíquica y biológica quedando calibrada por la "calidad" particular del “instante celeste” en el momento de nuestro nacimiento.
Conclusión preliminar:
El "Equilibrio Delicado" que evita que los astros colisionen es el mismo que organiza tanto la biósfera como la estructura psíquica de los individuos que la componen. No somos entes aislados; somos notas en una sinfonía galáctica que marca los compases y el pulso de nuestra existencia.
Memoria de Investigación:
Analogía: el Motor Cósmico
El zodíaco deja de ser un concepto puramente simbólico para revelarse como una distribución real y asimétrica de materia que configura el campo de inducción.
Nuestro sistema no es una pieza inerte, sino un rotor multietapa que actúa como la parte móvil y reactiva del motor, captando las señales del entorno a través de un sistema de inducción por capas.
A diferencia del diseño industrial, el Motor Cósmico opera por Inducción de Resonancia. (Recordar, ver, el experimento de los diapasones)
El ADN Energético
Los planetas y las 171 masas dictan la geometría del espacio.
Conclusión final:
Las tipologías humanas son el resultado de la Sincronicidad Sistémica: ese ajuste sutil donde nuestra vibración biológica se acopla al diseño del Motor Cósmico.
La carta natal se revela entonces como nuestra “Huella Digital Celeste”, el registro único de una fase específica del sistema. No somos entes aislados; somos la expresión individual de una Arquitectura Astrofísica de paternidad desconocida, que marca el pulso y la forma de nuestra existencia.
Jorge O. Veliz
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