"Ser y parecer"

La lealtad política

Por: Jorge O. Veliz




articulo

02/04/2026

Resumen

Ser y parecer: La lealtad política

Recuerdo cierta vez cuando escribía sobre un curioso que llegó hasta el templo de Apolo. Este peregrino llegaba con la intención de consultar a la pitia sobre la verdad en la conducta humana, en ese instante de reflexión sobre la respuesta posible, una epifanía alumbró mi mente con una sentencia tan corta como contundente (como eran de costumbre los pronunciamientos de la pitia): “La palabra disfraza la actitud desnuda”. El permanente yerro de quienes deberían ser ejemplo, me trae a la memoria aquel momento y ese ilustrativo axioma.

 


En la arena política, el vínculo entre el líder y el ciudadano —ese que define en una segunda vuelta electoral por quién sube o baja el pulgar— se sostiene sobre una delicada y frágil estructura emocional: una construcción pragmática romanticista que imita la dualidad del amor y el odio. Pragmática porque se funda en necesidades urgentes que el político promete atender, romanticista porque se cae en el embeleso político creyendo una vez más en su palabra.  Esta relación implica una entrega de confianza —una forma de amor civil— donde el seguidor deposita su esperanza en una figura que promete representar su esencia. Sin embargo, cuando esa entrega es vulnerada por la hipocresía, el sentimiento no se disipa en la indiferencia. El “amor traicionado” se convierte en un sentimiento pernicioso, una fuerza reactiva que no solo busca el alejamiento, sino la aniquilación simbólica del "traidor". El desencanto permite por efecto rebote que el antiguo enemigo resurja como una opción no deseada, pero viable.

Esta dinámica de ascenso y caída se rige por un imperativo existencial: “ser y parecer”. En este escenario, la filosofía nos ofrece las claves de una tragedia que se repite a través de los siglos. Nicolás Maquiavelo, desde el realismo del Renacimiento, comprendió antes que nadie que la supervivencia en el poder depende de la gestión de las percepciones. Para el florentino, el "parecer" es una necesidad técnica; él sostenía que, aunque no es posible poseer todas las virtudes, es indispensable aparentarlas, pues la polis juzga más por los ojos que por las manos. Sin embargo, Maquiavelo también advertía que el mayor peligro deviene cuando el "parecer" se divorcia del "ser": el cinismo rompe el hechizo y el líder queda expuesto a su propia desaparición.

A esta visión pragmática se suma la agudeza de Baltasar Gracián, quien en el Siglo de Oro español sentenció que "lo que no se ve, es como si no fuese". Para Gracián, la realidad necesita del ornato de la apariencia para ser reconocida, pero advierte que la verdadera prudencia reside en la armonía. Quien solo "parece" sin "ser", habita un vacío que tarde o temprano colapsa. En la política contemporánea, esta falta de sustrato real es la que genera la hipocresía que mencionamos: una máscara que, al romperse, revela un vacío ético que el ciudadano no perdona.

Y si algo no puede faltar en este análisis, es la ética de Aristóteles para explicarnos la consecuencia final de esta ruptura. Para el estagirita, la virtud es un hábito, una unidad indisoluble entre la intención y el acto. No se puede "ser" justo si en la acción cotidiana se "parece" injusto. Cuando el líder político fragmenta esta unidad, el resentimiento del defraudado actúa como un juez implacable que borra del mapa a quien no supo validar su discurso debido al tenor de sus actos.  Así, en el teatro de la política, la coherencia entre el ser y el parecer es, para el ambicioso inteligente, el camino donde transita la lealtad del sufragante.   

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